Brecha

Actualizado: 13 ene 2021

Comunicarnos para disminuir la brecha... Siempre creí que esa premisa era real sólo porque es el parteaguas del desarrollo de la humanidad. No podía estar más equivocada. La brecha a cerrar es otra y es más grande, profunda y obscura. Esta brecha asusta, parece un vacío que jamás toca fondo, que nunca te da tregua, que te persigue, que te atrapa un par de veces al día y te ahoga con restos de sus víctimas pasadas.


La brecha está mucho más cerca de lo pensado y mucho más adentro de lo permitido. La brecha está en nosotros. Al menos, la Brecha está en mí.


Tengo algunos años saltando a mi Brecha olímpicamente; consciente de saltarla a tiempo, para que no me coma; de mirarla con respeto, pero de lejos. Lo suficientemente lejos para que el vértigo de su altura no me saque de balance y me haga caer a su eternidad.


Este último año mi Brecha se ha convertido en otra cosa, menos quieta y menos paciente. Ya no está esperando por mí calmadamente mientras yo esquivo sus súplicas de ir a vivir en ella. Antes de este año, teníamos un acuerdo: Yo aquí, entera, sobreviviente, fuerte, valiente. Ella allí, inmóvil y furiosa, observando, gruñendo algunas veces cada vida para que sepa recordar que allí está, lista para mí.

“Algún día he de vivir en ti, lo sé, pero déjame hacer como que no; como que puedo todo; como que lo sé todo; como que tu no existes y no nos conocemos y no sabemos cómo estar juntas”


Este año, todo tenía que cambiar. La historia del cambio es tema de otro día, pero la consecuencia está aquí, sentada junto a mí, acariciando triunfante mi hombro. Mi Brecha está aquí, conmigo. Tiene meses viviendo en este hogar, tomando desayuno conmigo mientras se ríe de mi ingenuidad al creer que podía saltarla y verla de lejos. Siempre creí que si nuestro acuerdo terminaba un día, tendría que ir a vivir en ella, pero no, ella se mudó a mi departamento y tomó todas las habitaciones.


Su obscuridad, y el peso que impone en mi pecho, de eso aún no estoy lista para hablar. ¿Será ella quien no me deja hablar de ello en realidad? ¿Seré yo misma? ¿Será que solo la estoy alimentando al no contarle a alguien que acá está mi Brecha?


Esa última pregunta me hice hoy por la mañana, cuando desperté y sentí el alma adolorida y apachurrada. Resulta ser que a mi Brecha le gusta dormir allí, sobre mi alma. Y que no existe ningún ensalmo que la despierte y la convenza de moverse tantito porque nos está apachurrando.


He intentado todo, mil ensalmos he buscado. Terrenales, como me gustan; astrológicos, como nunca había creído; inventados por hombres y mujeres que sobrevivieron antes que yo a su brecha y nada. Allí está, quieta la maldita, lista para darme con su garra cada que trato de moverla un poco.


¿Entonces?


Entonces aquí estoy. Comunicándome para disminuir mi Brecha. Este es un intento nuevo, desesperado quizá, para combatirla, para ganarle, para que se vaya al fin. No será cura fácil, tras cada párrafo la veo reírse de mi intento. Se tira de espaldas y suelta carcajadas que llenan de miedo estas letras.


Pero ya no puede importar, voy a ignorar su burla por esta vez y trataré de encontrar en algún lugar de mí, mi propio ensalmo. Escribiré en estas hojas todo lo que mi Brecha necesita que me quede guardado.


Una a una iré narrando cada una de sus torturas, cada uno de sus abismos. Y solo poniéndola en mis palabras, mi Brecha podrá tener un tono menos obscuro.


¿Se irá algún día? No lo sé. Un día así parece indecible, irreal. Pero no lo sé, ahora mismo veo a mi Brecha más quieta y menos negra. Veo una tímida y pequeña luz que viene de cada letrita y que nos ilumina a ambas; a mí, con el gusto de verlas llegar y a mi Brecha, con las ganas de ya no ser obscuridad.

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