3.3

Comenzar la vida en tragedia suele ser receta para desearla por el resto de los días.

Nunca le faltó amor o cobijo; quizá le faltó saber ver la dicha en la que estaba apoyado, pero ni siquiera eso mermó su buena suerte.

Apuesto, entero, atlético y buen mozo, supo tomar las riendas de la tristeza desde joven y transitó desde siempre con la inusitada fortuna de quienes saben vivir las tragedias a su favor.

Aprendió a vivir con los ojos llenos de pena y la boca llena de congojo y logró forjar para si, una de esas lamentables historias de vida que abren puertas y conquistan corazones. Si bien la ensayada tragedia nació más ajena que propia, contada desde sus labios sonaba como un marcaje personal de los Dioses a ese hombre de sonrisa a medias y suspiros eternos. Un guerrero, un mártir o un hombre resiliente y fuerte, eran los rostros que todos aquellos con intuición breve y con buen corazón decidían para el.

Habíamos otros, menos buenos y con más maña , que sabíamos reflejarnos en su poética necesidad de desgracia y conmiseración. Compartíamos la caprichosa necesidad de vivir sujetos a la lástima ajena, pero éramos incapaces de forjarlo como destino.

Desde el primer día en que vi su mirada hundida y sus pómulos enrojecidos, adiviné que nuestra causalidad sería el resultado de mi más grande infortunio y no por eso supe resistirme al impulso de amarlo con vehemencia. Consumí una a una sus desdichas y forje con ellas un castillo para protegerlo de todo lo que el mundo pudiera inventar para dañarlo. Bajo mi amor, no existiría mal o tormento que pudiera añadirse a su prefabricada desventura. Lo ame para que se me acabara el alma de tanto amarlo. Puedo decir que me amó lo suficiente para que lo siguiera amando; apenas unas gotas de cariño y unas pocas más de deseo bastaron para que la ecuación cobrara sentido en mi ser.


Un día, como irremediablemente pasa con aquellos que se forjan una carcaza de tristeza para vivir, decidió que tanto amor no sumaba a su historia de infortunios y que debía irse a un lugar que fuera mejor haciéndole peor.


Supo sumar mi amor y mi todo al listado de sus desgracias y volvió mi alma en su mejor villano, en su peor enemigo. Lloraba mi ausencia, pero lamentaba mi interés. Sufrió cada segundo sin mi inconmensurable amor, así como sufría al mismo tiempo que este fuese tan intenso.


Desde el día que decidió irse de mis manos porque mi amor fue muy suyo, jamás volví a ver sus tristes ojos. Perdí el rastro de su hermosa tragedia y decidí olvidar el acontecimiento como quien olvida una horrible pesadilla.


Supe mucho tiempo después que vivió sus días lamentándose todo el amor que le di y añorándome por habérselo dado. Me contaron que él resumía nuestra historia como la mayor fortuna y por ende, la peor desdicha. Si tan solo hubiera sabido hacerle infeliz, quizá hoy estaría aquí conmigo. Estaríamos juntos, contando nuestra tragedia y lo bendito de su desgracia.

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